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Naufragio!

Ricardo
Ricardo © 1997 Lloyd Kahn
Ricardo Aja de la Rosa celebró hace poco su sexagésimo quinto cumpleaños con una comida casera preparada por él mismo, un pastel de chocolate Grand Marnier en forma de corazón de La Baguette, cubierto de velas que nunca atinó a apagar, mezcal de Oaxaca, y un montón de amigos.

Ricardo vive en una de las casas más viejas de San José, con una recámara y una cocina que dan a un patio. Ricardo es un pescador por excelencia, y lleva a sus amigos a pescar a la orilla del mar o en pangas. Aparenta tener unos 12 años menos de los que realmente tiene.

Uno de los fundamentos de su relativa juventud nos lo reveló mientras disfrutábamos del mezcal y el pastel. Sacó una bolsa de pescado seco y se echó un bocado. Él mismo lo pesca, lo seca y lo come. “Fuerte”, dijo, insinuando así que la energía juvenil y la virilidad que disimulan la verdadera edad se pueden fortalecer comiendo alimentos locales potentes (y sabrosamente preparados). En esta tarde, con el sol poniente filtrándose al cuarto, el mezcal y el pescado salado y correoso hacían una combinación perfecta. ¿Fecundidad? Ricardo apuntó el pulgar hacia arriba, me codeó y me dijo con un guiño, “¡Cada noche!”

Luego vinieron las historias de los gringos. Y luego, mientras se iba vaciando la botella de mezcal, la historia del naufragio:

En 1948 Ricardo se embarcó desde el puerto pacífico de Salina Cruz, Oaxaca, a bordo de ‘El Gracioso’, un barco de carga que llevaba un cargamento de piñas con destino a Seattle en Estados Unidos. Cuando se acercaban a las Islas Marías, a poca distancia de San Blas, Nayarit, los golpeó ‘una cola’ (la cola de un huracán). Había olas de seis o siete metros, algunas rompiéndose en la nave. Para la medianoche, ésta se había llenado de agua , y a las 6:45 AM se empezó a hundir. Había un solo bote salvavidas, siendo éste una panga, y sólo podia acomodar a nueve personas. Como eran dieciocho, tuvieron que improvisar una balsa con un tonel grande y algunos palos, todo amarrado con cuerdas, y se quedaron a la deriva al hundirse el barco, nueve de ellos en la panga y los otros nueve en la balsa.

Durante cinco días estuvieron perdidos en el mar. Llovía, hacía frío, y muchos de ellos sangraban de la boca por el aire salado y la insolación. No tenían más de beber que el agua de la lluvia. Al cuarto día, divisaron tierra: Cabo San Lucas. Su líder, el capitán Cortines, dispuso que la mitad de ellos se quedarían en la panga, y que la otra mitad llevarían la balsa y todos los remos, y se dirigirían a la costa. Echaron volados, y a Ricardo le tocó quedarse en la panga. Nueve hombres salieron.

El capitán navegaba la balsa, y cuando se habían aproximado a la costa, todos aplaudieron. Luego vieron un buque inglés, y lo saludaron a gritos. El buque se les acerco, pero los tripulantes se pusieron nerviosos, pues creían que los hombres de la balsa podrían ser piratas. “No, son náufragos”, dijo el capitán inglés. Por fin se bajó un bote salvavidas, y todos los de la balsa rompieron en llanto. Luego tuvieron que pasar un tiempo demostrando que no eran piratas, y al final fueron acogidos a bordo del barco.

Mientras tanto, no les iba muy bien a los de la panga. Pescaron una tortuga y bebieron la sangre. Todos tenían llagas ensangrentadas en el cuello y las piernas. Finalmente, el barco inglés los encontró y los llevó a bordo. No podían caminar.

La tripulación inglesa les sirvió café, wisky, tabaco, dulces y más. Cuando entraron a puerto en Cabo San Lucas, un mariachi tocó para ellos.

“¿Sabes una cosa?”, dice Ricardo. “Antes éramos todos de distintas religiones. Pero cuando nos perdimos, todos rezamos al mismo Dios”